martes, 20 de febrero de 2018

viernes, 16 de febrero de 2018

Inventar un alter ego



El primer día de E.G.B. Luisa fue entregada, una mañana más, en el pabellón de párvulos. Exactamente igual que dos años antes, pero sin el drama de aquel comienzo. Cuando Mamá -junto con el resto de mamás- desapareció por la puerta, atravesó el patio y descendió las escaleras de la entrada, Luisa supo, a pesar de los gritos y de los cuerpos, que un otoño más volvía a estar sola. Su ahora vieja profesora, que no parecía en absoluto pesarosa por el hecho de estar a punto de abandonar a su rebaño, entró en acción. Los corderos se dispusieron en aquella antigua fila india, junto a la puerta; ni siquiera habían llegado a quitarse los abrigos. Luisa, la última. La profesora dio instrucciones, explicó cosas: un murmullo lejano de sonidos, sin forma ni sentido. Hacía solo un año que Luisa había dejado de ser sorda; prescindir de los oídos era una vieja costumbre, querida, que no se quedaría en aquella aula. Solo cuando vio que la fila desaparecía por la puerta, se puso en marcha. El cemento del jardín, escalones, pasillos. Más cuerpos. La sordera como forma de supervivencia. Mientras se afanaba por perseguir la fila, camino de la que sería su aula de E.G.B., su aula definitiva en aquel centro, Luisa pensaba, y al hacerlo, hablaba: "Estoy llegando, estoy llegando, ya llego..."

Final del taller de autoficción con la grandísima Sabina Urraca.
Mañana Gijón, mañana FETEN, mañana el mar.


(Imagen: Nicoleta en bicicleta)

jueves, 15 de febrero de 2018

Ella y yo



Ella madruga todos los días: se levanta antes de las 6, se ducha, desayuna cuatro galletas con cola-cao, y antes de las 7 ya está en el hospital.
A excepción de los días en que tengo clase de acuarela, un análisis de sangre, o que mover el coche porque está aparcado fuera de la zona que nos corresponde, yo nunca me levanto antes de las 9.
Ella no tiene coche. Tuvo una vespa roja, se dio un par de golpes y la vendió por miedo a tener un susto definitivo.
Yo desayuno té; a veces no me ducho hasta la hora de comer.
Ella pasa sus días asomada a los intestinos de gente enferma.
Yo paso los míos diseccionando frases, persiguiendo palabras.
Ella usa pijama verde; en el mejor de mis días, yo también: pero el mío tiene ovejitas bordadas.
Ella no cena, se acuesta directamente. Mis noches son remansos eternos de queso y vino.
Ella habita entre dos ciudades, y en los desplazamientos de tren entre una y otra. Yo habito mi casa; en ocasiones, tan solo mi sofá.
Ella habla francés; yo lo leo en voz alta y finjo que lo entiendo.
Ella es recta, decidida, pragmática.
Yo soy curva, dudo constantemente, monto tragedias por nada.
Ella dejó de dormir en cuna para que yo no tuviera terrores nocturnos. Yo la acompañaba a hacer pis, cada noche, antes de apagar la luz.
Ahora ella duerme en un altillo, bajo una ventana por la que se ve el cielo.
Yo vivo en un primero: tengo vértigo. Por mi ventana veo al hurón del vecino.
Ella fue mi hermana pequeña, yo fui su hermana mayor.
Las dos tenemos claro que no volveremos a compartir habitación.


('Úsate. Cómo reciclar la propia basura', taller de autoficción narrativa con Sabina Urraca; Autorretrato a partir de Él y yo, de Natalia Ginzburg.
Imagen: Monsieur de la Pelouse, Rouen 2018)

lunes, 12 de febrero de 2018

elle et lui (La antigua vida)



Un pájaro empezó
a comer la cereza
que me llevo a la boca.

Con los dientes escarbo
el pequeño agujero
abierto por su pico

qué extraño,
qué extraño es todo esto.


Chantal Maillard, La cereza. Canción de cuna, Revista Eñe 40 | Madres y madres

jueves, 8 de febrero de 2018

Si quieres escribir



Sin esas sesenta páginas sería imposible sobrevivir; es el equilibrio: si quieres escribir, debes antes ganar dinero. No hay ley mayor que ésa. Me lo repito: después podrás volver a tus libros, Señora Albero —uno puede llamarse a sí mismo, para despejar las dudas, de vez en cuando; es, se diría, saludable para la propia conciencia.

Diario de una madre sin hijo, II


En el grupo de lectura de los jueves, leemos esta tarde a Jenn Díaz. Una autora catalana que me encanta, y de la que no había comentado nada aquí. La descubrí en el verano de 2016, justo a punto de viajar a Barcelona; lo primero que hice, cuando llegué, fue ir a La Central de El Raval a comprar su novela Madre e hija, que acababa de ser traducida al castellano. La leí ese mismo mes de agosto, casi sin poder parar, entre baño y baño en la piscina de Valdebebas (veranos de periferia...). Sumergirme en ella fue como retornar al legado de las mejores narradoras de estos últimos cien años; muchas de ellas, curiosamente, procedentes de Catalunya. Su tema, en fin, es también mi propio viaje.

Esta semana he descubierto su web, Fragmentos de interior; una auténtica preciosidad. Y he leído, por fin, Diario de una madre sin hijo, la serie de nueve artículos que entre enero y febrero de 2015 aparecieron en La Tribu (y que en aquel momento no tuve tiempo -o fuerzas- de leer): un ejemplo maravilloso y alentador de escritura autoficcional... Por cierto, Jenn Díaz es también una gran fotógrafa a la que además de palabras, le gusta hacer otras cosas con las manos: cosas relacionadas con flores, por ejemplo, y con telas. Si quieres escribir...


(Imagen de Jenn Díaz, en La Tribu)

martes, 6 de febrero de 2018

Ventanas azules (francesas)














 



 








Ellas guardan nubes de piedra, crêpes de Nutella, lluvia y una estrella; 
cristal de colores, pasteles de merengue, lanas, cintas, patés en crudo, árboles de Navidad y hasta estaciones de tren.
Detrás de algunas te encuentras, incluso, tú misma; cámara en mano, ávida siempre por saber...
Una ventana es siempre una promesa; la posibilidad de un mundo y de una historia.
Mi deseo y mi obsesión.

domingo, 4 de febrero de 2018

Un domingo en Madrid



Este fin de semana he descubierto que existe algo llamado Wallace y Gromit, una especie de experiencia antecesora (de 1989) de esa animación con plastilina tan chula, a lo Chicken Run. De Nick Park. Luego vendría La oveja Shaun, que tampoco está nada mal...

Y después de veinticinco años, resulta que aún recuerdo cómo se teje el punto del derecho.

La nieve tiene algo lento y blando que nos va bien.
Yo la recetaría al menos una vez al mes.


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